SEGUIMOS CAMIÑANDO

(foto: Olaia González//Noia FS)

En el mundo del deporte existen una serie de clubes y de equipos asociados generalmente al desastre, a fallar en las grandes oportunidades, a hincar la rodilla en el último momento porque sí, porque si no fuera de otra forma simplemente "no sería". Por ilustrar con algunos ejemplos, el Real Club Celta de Vigo cuando se queda a un paso de un título en el fútbol, "Purito" Rodríguez en una gran vuelta ciclista, los Cleveland Cavaliers en el baloncesto hasta el anillo de 2016 o los Chicago Cubs en béisbol, después de cortar ese mismo año la sequía histórica de más de un siglo sin ganar la MLB, con episodios trágicos entremedias.

Son solo algunos casos, a decir verdad los que se me han venido a la memoria mientras escribía. Menos llamativos para el gran público, pero no por eso de menor importancia, son los que viven y, sobre todo, sufren los conjuntos que habitan en las divisiones más modestas del deporte. Los que ponen toda una temporada en juego, y en buena parte su futuro, en uno o dos partidos decisivos en los que tocar la gloria o besar el suelo es un cara o cruz.

En el verano de 2016 lo viví en mis carnes. Por tercera vez en su historia, el que considero como mi equipo, el Noia Fútbol Sala, tropezaba con la misma piedra: la fase de ascenso a la Segunda División. Un proyecto más que preparado para ello, en ese momento dos veces campeón del Grupo I de Segunda División B, pero que encontraba continuamente una barrera en esos malditos partidos que valen ocho meses de competición.

En los años que llevo viendo jugar al equipo cada dos fines de semana, pocas veces he visto hasta el día de hoy más superado, física y anímicamente, al Noia en su campo, acostumbrado a ser un factor diferencial en los partidos. Aquel Rivas, que acabó con sus opciones en una aciaga tarde, apenas acababa de empezar su andadura en el fútbol sala, pero contaba con mimbres de sobra -David Ramos en el banquillo o Dani Santos como killer, entre otros- para ser un conjunto de Segunda. Un horizonte que los madrileños solo tardaron una oportunidad en alcanzar, después de enmudecer al Municipal noiés, fulminando al equipo local por 1-4.

El fair-play previo a una tarde para olvidar. (foto: Dani Gestoso//La Voz de Galicia)

Mientras los capitalinos celebraban, Noia se hundía otra vez. Tocaba volver a empezar, trabajar todo un año para llegar al mismo punto y no poder fallar. De aquella plantilla que en 2011 cayó ante el Hospitalet, en 2013 hizo lo propio a manos del Brihuega y tres más tarde sucumbió ante Rivas solo quedan actualmente el capitán Marci, Quique Caneda y el portero Carlos Cabo. Tres jugadores que, junto a otros dos históricos del club como el anterior capitán Álex y Diego Pernas, aún vivirían el sinsabor del gatillazo final una vez más. Esa cuarta, a pesar de repetirse el resultado de la derrota, acabó llevando al club a Segunda por motivo de la desaparición del equipo que había sido su verdugo en esa ocasión, el Cerro de Reyes.

Se conseguía por fin el ansiado logro pero, como se dice en este mundillo, más difícil que llegar es mantenerse. De esta forma, el renombrado Noia Portus Apostoli pagó el pato de novato y perdió la categoría a primeras de cambio como antepenúltimo clasificado. El tan temido regreso al infierno de la Segunda B era una realidad, pero a escasos días de que volviera la competición sonó el teléfono. El Noia se quedaba en la LNFS. Esa posición en la tabla resultó fundamental para que, con el descenso administrativo del Puertollano, se le ofreciera al equipo blanco la opción de quedarse en Segunda en esta temporada 2018-2019.

Un curso que, después de todo lo vivido, volvía a llevar al Noia a Rivas casi tres años después. Caprichos del destino, de nuevo el club madrileño sería un actor principal en el devenir del futuro del cuadro blanco, que llegaba a la capital jugándose la permanencia en la categoría de plata, algo que parecía una quimera en febrero -siete partidos sin ganar entre diciembre y febrero-, pero se convirtió en una opción más que posible gracias a una recta final de matrícula de honor.

Las últimas semanas habían sido tan exigentes como excepcionales para el equipo blanco, capaz de empatar ante el campeón, golear al segundo y al cuarto clasificado y sacar trece de los quince puntos posibles previos a la última jornada. Números que no hubieran sido posibles sin el chute de moral que se produjo más de 2.000 kilómetros de Noia, en Gran Canaria. Una remontada exprés en el último minuto, cuando apenas nadie confiaba y ante un rival directo que levantó el "sí se puede" y metió de lleno al Noia Portus Apostoli en la pelea por seguir siendo de Segunda.

La emoción de los más veteranos, de los que han vivido mil batallas con esta camiseta. (foto: Olaia González//Noia FS)

Con la más que inestimable ayuda de un pueblo volcado, los noieses pusieron rumbo al destino final. Solo sesenta pudieron viajar a Madrid para apoyar a su equipo en el partido más importante de su historia, pero sus gargantas parecían las de los 15.000 habitantes de Noia en un Parque Sureste que mutó en el Agustín Mourís. Ni el 2-0 en contra, que por momentos tuvo al equipo descendido, ni el 4-3 a un minuto del final callaron a una afición que siempre confió en sus jugadores. Y ellos correspondieron. Por honor propio, por agradecimiento a los suyos, por agrios recuerdos del pasado, el Noia se lanzó a tumba abierta a por la remontada.

El último minuto del pasado sábado quedará marcado a fuego en la historia del club, al igual que el nombre de Antoñito. Su gol de pura rabia y oportunismo, golpeando el balón con el mismísimo escudo cosido en la camiseta para introducirlo en las mallas, supuso la liberación de una temporada de montaña rusa, llena de obstáculos y de momentos muy bajos, que tiene como premio algo por el que muchos nombres propios se han dejado y llevan dejando la piel desde hace semanas, meses y años, muchos años: que el Noia Portus Apostoli esté #FacendoCamiño en la Segunda División.

Rivas ya no es llanto. Rivas ya no es decepción. Rivas ya no es Quique pidiendo perdón a la grada. Rivas ya no es repetir errores del pasado.

Noia Portus Apostoli ya no es el ejemplo perfecto de equipo que falla en las grandes citas.


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